Sí, hay estudios científicos sobre el ayuno intermitente, pero cubren unos mecanismos mucho mejor que otros. Lo que está medido en personas es sobre todo lo que le pasa a la insulina, a la glucosa y a las cetonas al separar las comidas; lo que ocurre con la autofagia y con la longevidad se apoya casi entero en animales y en marcadores indirectos. Esta página explica qué mecanismos hay debajo y con qué calidad de evidencia cuenta cada uno.
Indice
- 1 Qué pasa en el cuerpo cuando dejas de comer unas horas
- 2 Los cuatro mecanismos, y cuánta evidencia tiene cada uno
- 3 Lo que sí está medido en personas
- 4 Dónde la evidencia se vuelve fina
- 5 Cómo leemos aquí un estudio de ayuno
- 6 Lo que la evidencia todavía no responde
- 7 Antes de usar nada de esto para decidir
- 8 En resumen
Qué pasa en el cuerpo cuando dejas de comer unas horas
La secuencia básica está bastante aceptada. Mientras hay glucosa disponible, el cuerpo tira de ella y de glucógeno hepático. Cuando ese depósito se agota, el metabolismo pasa a movilizar ácidos grasos y a producir cuerpos cetónicos. La revisión que mejor ordena ese cambio lo sitúa típicamente más allá de las 12 horas desde la última ingesta (Anton et al., Obesity 2018), y es la fuente que usamos aquí en lugar de los relojes exactos que circulan por ahí. Es la orientación de una review, no una medición individual: depende del glucógeno con el que llegues, de la última comida y de si te mueves o no.
El otro lado del interruptor también está medido, y es útil porque explica qué es «estar en ayuno» en términos fisiológicos. En un estudio con doble trazador, 25 gramos de glucosa por vía oral suprimieron alrededor de un 55 % la producción endógena de glucosa, con la misma rapidez y magnitud que dosis de 50 y 75 gramos, mientras la insulina subía de forma dosis-dependiente (Kowalski et al., Diabetes 2017). Por debajo de 25 gramos ese trabajo no mide nada, así que lo que pasa con cantidades pequeñas se extrapola a la baja, y lo decimos en vez de fingir precisión. Ese es justo el terreno de la guía sobre qué rompe el ayuno intermitente.
Los cuatro mecanismos, y cuánta evidencia tiene cada uno
Hemos separado la ciencia del ayuno en cuatro páginas, una por mecanismo, porque no se activan a la vez ni están respaldados con la misma fuerza. Confundirlos es de donde salen la mayoría de las afirmaciones exageradas:
- Insulina y glucosa — el mecanismo mejor medido en humanos: qué le hace al control glucémico separar las comidas, y por qué el horario de la ventana parece importar tanto como su duración.
- Cetosis y ayuno — cuándo empiezan a subir los cuerpos cetónicos, qué significa esa subida y en qué se diferencia de la cetosis de una dieta cetogénica.
- Autofagia y ayuno — el mecanismo más citado y el peor medido en personas: qué muestran los estudios en ratones, qué marcadores indirectos hay en humanos y por qué no existe una hora a la que «se active».
- Ayuno y longevidad — qué sostiene la hipótesis, cuánta de esa evidencia viene de animales de laboratorio y qué se ha llegado a medir en personas.
Lo que sí está medido en personas
El bloque más sólido tiene que ver con la insulina. En un ensayo cruzado con alimentación supervisada e isocalórica, hombres con prediabetes que comieron en una ventana de 6 horas —cenando antes de las 15:00— mejoraron su sensibilidad a la insulina, la respuesta de las células beta y la presión arterial sin perder peso (Sutton et al., Cell Metab 2018). Ese diseño separa el efecto del horario del efecto de adelgazar, y por eso importa. También es muy pequeño: ocho hombres y una ventana difícil de sostener, así que no se traslada sin más a un 16:8 con la comida por la tarde.
Cuando se han comparado horarios más habituales, el resultado es más modesto. En el ensayo TREAT, 116 adultos con sobrepeso u obesidad que comían entre las 12:00 y las 20:00 no perdieron significativamente más peso que quienes hacían tres comidas al día durante 12 semanas (Lowe et al., JAMA Internal Medicine 2020). Y a doce meses, con las calorías controladas en los dos brazos, añadir una ventana de 8 horas a una restricción calórica dio 8,0 kg de pérdida frente a 6,3 kg, una diferencia que no alcanzó significación estadística (Liu et al., N Engl J Med 2022). La lectura honesta de ese conjunto es que el motor principal es el déficit calórico y que el ayuno es sobre todo una manera de conseguirlo; lo que aporten los mecanismos propios, si lo hacen, es más pequeño de lo que suele contarse. El detalle por protocolo está en el ayuno 16/8.
De los ayunos largos se conocen bien dos cosas. Una es hormonal: la secreción de hormona del crecimiento aumenta ya el primer día y sigue amplificada al quinto, medido en seis hombres sanos (Ho et al., J Clin Invest 1988). Eso es una hormona subiendo, no un desenlace clínico: saltar de ahí a «preserva músculo» o «quema grasa» es extrapolación mecanística. La otra es de tolerancia: en 1.422 personas que hicieron ayunos de 4 a 21 días bajo supervisión médica en clínica y con un aporte calórico mínimo diario, los efectos adversos aparecieron en menos del 1 % (Wilhelmi de Toledo et al., PLoS One 2019). Es observacional, sin grupo control y con pacientes autoseleccionados, y la supervisión forma parte del resultado: no dice nada sobre hacerlo por libre en casa. Lo desarrollamos en el ayuno de 72 horas.
Dónde la evidencia se vuelve fina
La autofagia es el caso más claro de distancia entre lo que se afirma y lo que se ha medido. El trabajo que más se cita mostró un aumento marcado de autofagia neuronal con ayunos de 24 a 48 horas en ratones (Alirezaei et al., Autophagy 2010), y la escala temporal de un ratón no es la nuestra. En humanos, lo más cercano que hemos localizado es un cruzado de cuatro días con once adultos con sobrepeso: comer entre las 8:00 y las 14:00 subió las cetonas matinales y la expresión de los genes SIRT1 y LC3A, relacionados con autofagia, aunque por la tarde también subió la expresión de MTOR, que va en dirección contraria (Jamshed et al., Nutrients 2019). Eso es expresión génica en sangre, no flujo autofágico medido en tejido, y por eso las cifras del tipo «a las 16 horas se activa la autofagia» no salen de ningún ensayo humano.
Con la longevidad pasa algo parecido. La síntesis de referencia del campo reconoce que gran parte de la evidencia sobre envejecimiento procede de animales, y en humanos se apoya en marcadores intermedios más que en desenlaces a largo plazo (de Cabo y Mattson, N Engl J Med 2019). Es una hipótesis con buen respaldo mecanístico y poca comprobación directa en personas, que son dos cosas distintas.
Cómo leemos aquí un estudio de ayuno
Tres preguntas resuelven casi todas las discusiones sobre este tema:
- ¿En quién se midió? Ratón, rata o persona. Un resultado en ratones puede ser una pista excelente y aun así no decir nada sobre lo que te pasa a ti.
- ¿Qué se midió exactamente? No es lo mismo un marcador (una hormona, la expresión de un gen) que un desenlace (peso, HbA1c, un evento clínico). La mayoría de los titulares nacen de convertir lo primero en lo segundo.
- ¿Cuánto duró y con cuánta gente? Buena parte de estos ensayos tienen entre 6 y 20 participantes y duran días o semanas: sirven para entender un mecanismo, no para prometer un resultado.
Hay una cuarta que aparece con frecuencia: ¿se midió en hombres, en mujeres o en ambos? Varios de los estudios más citados son solo de hombres, y al menos uno encontró respuestas distintas por sexo: tras tres semanas de ayuno en días alternos completo, en 16 personas no obesas, la respuesta glucémica a una comida empeoró en las mujeres y no en los hombres (Heilbronn et al., Obes Res 2005). Con esa muestra y ese protocolo tan duro es una señal de cautela, no un veredicto, pero explica por qué las conclusiones no se pueden dar por universales.
Cuando enlazamos un estudio, el enlace va a PubMed o al DOI, no a un resumen de terceros: desde ahí se llega al texto completo siempre que esté en abierto.
Lo que la evidencia todavía no responde
Hay preguntas frecuentes que nuestras referencias no cubren, y preferimos decirlo. No hemos localizado ensayos humanos que respalden que un ayuno de 72 horas regenere el sistema inmunitario, ni tenemos documento propio sobre la posición de organismos como la OMS, ni sobre qué pasa al ayunar con gastritis u otras patologías digestivas. Hasta que los cubramos con documentos concretos, aquí no van a aparecer respuestas con apariencia de certeza.
Antes de usar nada de esto para decidir
Esta página describe mecanismos, no recomienda un protocolo. Si tomas medicación para la diabetes, si estás embarazada o dando el pecho, o si tienes o has tenido un trastorno de la conducta alimentaria, el ayuno no es una decisión que debas tomar por tu cuenta. El dato más claro está en diabetes tipo 2: en un ensayo aleatorizado con reducción pautada de la medicación, ayunar dos días por semana duplicó aproximadamente la tasa de hipoglucemias (RR 2,05; IC 95 % 1,17-3,52) (Corley et al., Diabet Med 2018). No significa que un diabético no pueda ayunar; significa que hace falta ajuste médico y monitorización. Quién debería hablar antes con su médico, y por qué, está en los riesgos del ayuno intermitente.
En resumen
Del ayuno intermitente sabemos con razonable solidez qué le hace al metabolismo de la glucosa y cuándo cambia el cuerpo de combustible. Sabemos bastante menos sobre autofagia, y menos todavía sobre longevidad en personas: ahí seguimos con datos de animales y marcadores indirectos. Eso no lo convierte en una mala idea; marca hasta dónde llega lo que podemos afirmar. Cada una de las cuatro páginas de arriba entra en su mecanismo con los estudios enlazados y sus límites al lado.
Carlos Esteban — Licenciado y Doctor en Bioquímica por la Universidad de Valencia, Graduado en Psicología (UNED). Más sobre el autor.