No. Si tienes o has tenido un trastorno de la conducta alimentaria, el ayuno intermitente no es una buena idea. Y esa no es una decisión que deba tomarse leyendo una web: es una conversación con un profesional sanitario. Esta página explica qué se ha observado hasta ahora, qué no sabemos todavía y en qué momento conviene parar y pedir ayuda.
Indice
Quién no debería ayunar
En esta página, la advertencia va primero:
- Quien tiene un trastorno de la conducta alimentaria activo —anorexia, bulimia, trastorno por atracón u otros—: el ayuno no es una herramienta neutra en ese contexto.
- Quien lo ha tenido en el pasado, aunque lleve años bien. La restricción programada es uno de los patrones que con más frecuencia aparece en las recaídas, y ese riesgo lo valora quien conoce tu historia clínica, no un artículo.
- Quien nota que su relación con la comida se le ha ido de las manos aunque nunca haya recibido un diagnóstico: culpa después de comer, comer a escondidas, atracones, o pensar en comida casi todo el día.
- Adolescentes y menores, por estar en pleno crecimiento y en la franja de edad en la que estos trastornos aparecen con más frecuencia.
Hay otros grupos que tampoco deberían ayunar por libre, y cada uno tiene su propia página: diabetes con medicación (donde ayunar aumentó la tasa de hipoglucemias incluso reduciendo el tratamiento, Corley et al., Diabet Med 2018) y embarazo y lactancia (Glazier et al., BMC Pregnancy Childbirth 2018).
Qué se ha observado en los estudios
La referencia más directa que tenemos es un estudio transversal en adolescentes y adultos jóvenes canadienses (Ganson, Cuccolo, Hallward y Nagata, Eating Behaviors 2022): quienes practicaban ayuno intermitente presentaban más conductas y más psicopatología de trastorno alimentario, y el patrón aparecía en ambos sexos.
Ahora, el límite de ese dato es importante y conviene decirlo con claridad: es un estudio transversal, así que no puede establecer la dirección de la relación. Con este diseño no se distingue si el ayuno favorece la aparición de estas conductas, si son personas que ya tenían esa vulnerabilidad las que se sienten atraídas por un patrón de restricción con reglas, o si ambas cosas ocurren a la vez. Además, los datos son autodeclarados. Lo que sí permite afirmar es que las dos cosas van juntas más de lo esperable, y eso basta para ser prudente.
Lo que no hemos localizado son ensayos que evalúen qué le pasa a una persona con un trastorno alimentario diagnosticado cuando adopta un protocolo de ayuno. La investigación de la que salen los beneficios que se leen por ahí se ha hecho, casi siempre, excluyendo justamente a esas personas.
Por qué el ayuno y un TCA se parecen tanto por fuera
Esto no procede de un estudio concreto, así que lo planteo como razonamiento y no como hallazgo: un protocolo de ayuno consiste en normas horarias sobre cuándo se puede comer y cuándo no. Vista desde fuera, esa conducta es indistinguible de la restricción que forma parte de muchos trastornos alimentarios, y el marco cultural la premia —lo que en otro contexto preocuparía, aquí se aplaude como disciplina—. Ese es, creo, el motivo por el que un mismo comportamiento puede ser inocuo en una persona y el primer escalón de una recaída en otra. Y también por qué el cribado tiene que ir antes que el protocolo: la pregunta «¿he tenido problemas con la comida?» se responde antes de elegir una ventana horaria, no después.
¿Y ayunar después de un atracón?
Es una búsqueda frecuente, y la respuesta es que no es una buena forma de gestionarlo. Compensar con ayuno lo que se ha comido convierte el episodio en un ciclo: la restricción posterior alimenta el siguiente atracón, y el malestar se refuerza en cada vuelta. Lo razonable es retomar tu pauta habitual de comidas y, si los atracones se repiten, comentarlo con un profesional sanitario: es uno de los motivos de consulta más frecuentes y tiene tratamiento.
Señales para parar y consultarlo
Si ayunas y aparece alguna de estas situaciones, tiene sentido dejarlo y hablarlo con tu médico de familia, que puede derivarte a psicología clínica o psiquiatría con experiencia en trastornos de la conducta alimentaria:
- La ventana de comidas empieza a decidir por encima de planes, trabajo o vida social.
- Aparece culpa o ansiedad al comer fuera del horario previsto.
- Piensas en comida buena parte del día.
- Aparecen atracones, o el impulso de compensarlos ayunando más.
- Alguien de tu entorno te lo comenta antes que tú.
Nada de esto es un diagnóstico —eso lo hace un profesional en consulta—, pero sí es motivo suficiente para pedir cita.
Si aun así vas a ayunar, que sea acompañado
Merece la pena recordar de dónde salen los datos favorables sobre ayunos largos: del estudio observacional más grande que hay, con 1.422 personas, todas ellas en una clínica y con supervisión médica (Wilhelmi de Toledo et al., PLoS One 2019). La supervisión forma parte del resultado, no es un adorno. Con un antecedente de trastorno alimentario, ese acompañamiento es lo mínimo, y quien decide si es viable es tu equipo sanitario.
En resumen
Con un trastorno de la conducta alimentaria actual o pasado, el ayuno intermitente no es el camino. La evidencia disponible es una asociación observada, no una relación de causa demostrada, pero apunta en una dirección lo bastante clara como para no experimentar por cuenta propia. Si el tema te toca de cerca, la conversación útil es con un profesional sanitario.
El resto de situaciones en las que conviene pensárselo dos veces están en la guía de riesgos del ayuno intermitente, junto con los efectos secundarios más frecuentes.
Carlos Esteban — Licenciado y Doctor en Bioquímica por la Universidad de Valencia, Graduado en Psicología (UNED). Más sobre el autor.