Sí, tiene efectos secundarios, y casi todos caen en dos grupos distintos: molestias de adaptación —hambre, dolor de cabeza, irritabilidad, sueño peor, estreñimiento, mal aliento— que aparecen en las primeras semanas y suelen ceder solas, y un grupo mucho más pequeño de señales que piden parar el ayuno y consultar. Lo que separa a unas de otras no es lo desagradables que resulten, sino si mejoran con los días o van a más.
Antes de nada, quién no debería ayunar por su cuenta: personas con diabetes tratada con insulina o con fármacos que bajan la glucosa, embarazadas y mujeres en lactancia, menores de edad, personas con bajo peso y quien tenga historial de trastorno de la conducta alimentaria. En esos casos —y en cualquiera con medicación pautada con las comidas— la conversación con el médico va antes que el protocolo. Cada situación tiene su página en la guía de riesgos del ayuno intermitente.
Indice
Las molestias de adaptación
Se explican por mecanismo —cambio de horario de las comidas, retirada de cafeína, menos volumen de alimento, ajuste del agua y las sales—, pero no hemos localizado ensayos que las midan una a una en ayuno intermitente. Van aquí sin cita: son descripción habitual, no medición.
- Hambre y antojos. Lo más frecuente, y muy ligado a la costumbre: el cuerpo pide comida a la hora a la que lleva años recibiéndola. Suele bajar de intensidad conforme el horario se estabiliza.
- Irritabilidad y peor humor. Va de la mano del hambre y del sueño; se nota en las dos primeras semanas y es de lo que menos se sostiene después.
- Cansancio y niebla mental. Sobre todo en las horas finales del ayuno, y más si la ventana de comida se queda corta de calorías o de proteína.
- Sueño alterado. Cuesta más dormir con la cena muy pronto o muy copiosa: pesa el horario elegido más que el ayuno en sí.
- Estreñimiento. Con menos comidas entran menos fibra y menos líquido; es de los pocos que no mejora solo si la ventana no cambia.
- Mal aliento y sensación de frío. El primero se atribuye a los cuerpos cetónicos y a la menor salivación; el segundo se describe más en ayunos largos que en ventanas diarias.
El dolor de cabeza, el efecto que más se busca
Es la molestia por la que más gente llega preguntando y no tiene una sola causa. Las tres explicaciones que se manejan son la retirada de cafeína en quien desplaza su café de la mañana, la pérdida de agua y sodio, y el descenso de glucosa en las horas finales. No hemos localizado ensayos que aíslen cuál pesa más en el ayuno intermitente, así que cualquier reparto de culpas —incluido este— es mecanismo razonado, no dato medido.
Lo que sí orienta es el patrón: el dolor que aparece los primeros días y se espacia cada semana encaja con la adaptación; el que vuelve tras un mes ayunando sin problemas, o el que llega con visión borrosa o mareo intenso, ya no.
Cuándo se notan y cuánto duran
El cambio metabólico del que salen casi todos —pasar de tirar de glucosa a tirar de ácidos grasos y cuerpos cetónicos— se sitúa típicamente más allá de las 12 horas desde la última ingesta, al agotarse el glucógeno hepático (Anton et al., Obesity 2018). Por eso en un 16/8 las molestias se concentran al final de la mañana y no repartidas por el día. Sobre la duración no hay cifra que citar: lo habitual es describir una adaptación de una a cuatro semanas, con el humor y el hambre cediendo antes que lo digestivo. Si a las seis u ocho semanas sigue igual, lo que falla no suele ser la adaptación, sino el protocolo elegido o lo que entra en la ventana.
Dónde está la línea entre molestia y señal de parar
Estos síntomas no son adaptación: son motivo para interrumpir el ayuno ese día y consultar.
- Mareo intenso o persistente, visión borrosa, sudor frío, temblor o desmayo. Es el cuadro de una hipoglucemia, y con medicación de por medio no se espera a ver si pasa.
- Palpitaciones o pulso irregular, sobre todo en ayunos de más de 24 horas o repetidos, donde el manejo de sodio, potasio y magnesio deja de ser trivial.
- Vómitos, dolor abdominal fuerte o incapacidad de beber agua.
- Atracones al abrir la ventana, culpa después de comer, o pasar el día pensando en comida. Lo que hay que revisar no es el protocolo, sino la relación con la comida: es el terreno de los trastornos alimentarios.
- Pérdida de la menstruación, caída marcada del rendimiento o del cabello, o adelgazar más rápido de lo previsto sin buscarlo. Señalan un déficit acumulado mayor de lo que parece.
Qué ha medido la evidencia sobre la tolerancia
Los estudios hablan más de seguridad global que de síntomas concretos, y conviene leerlos con sus límites:
- Ayunos largos, pero supervisados. En un estudio observacional con 1.422 personas en ayunos de 4 a 21 días dentro de un programa clínico, los efectos adversos aparecieron en menos del 1 % (Wilhelmi de Toledo et al., PLoS One 2019). No había grupo control y los participantes se autoseleccionaron; sobre todo, la supervisión médica forma parte del resultado, así que no traslada a un ayuno largo hecho por libre en casa.
- Diabetes en tratamiento. En un ensayo aleatorizado con 41 personas con diabetes tipo 2, ayunar dos días por semana duplicó aproximadamente la tasa de hipoglucemias (RR 2,05; IC95% 1,17-3,52) pese a que se redujo la medicación de forma pautada (Corley et al., Diabet Med 2018). No dice que un diabético no pueda ayunar: dice que sin ajuste médico y monitorización el riesgo sube. Más detalle en ayuno intermitente y diabetes.
- Diferencias por sexo. Tras tres semanas de ayuno completo en días alternos, en 16 personas no obesas empeoró la respuesta glucémica a una comida en las mujeres y no en los hombres (Heilbronn et al., Obes Res 2005). Protocolo extremo y n pequeño: señal de cautela, no veredicto. Lo desarrollamos en ayuno intermitente en mujeres.
- Tiroides y masa magra. En 34 hombres entrenados, ocho semanas de 16/8 con calorías igualadas bajaron la T3 sin cambiar el gasto en reposo (Moro et al., J Transl Med 2016). Y en el ensayo TREAT (Lowe et al., JAMA Intern Med 2020), con ventana tardía y sin consejo dietético, el subgrupo medido con DXA perdió más masa magra apendicular. Son un dato aislado y un resultado de subgrupo, pero apuntan a lo mismo: sin suficiente proteína, parte de lo que se pierde no es grasa.
- Conducta alimentaria. Un estudio transversal en adolescentes y jóvenes canadienses (Ganson et al., Eat Behav 2022) asoció el ayuno intermitente con más conductas de trastorno alimentario, en ambos sexos. Al ser transversal no dice en qué dirección va la relación, pero basta para tratar ese historial como contraindicación.
¿Y el efecto rebote?
No hemos localizado ensayos que midan la recuperación de peso específicamente tras dejar un ayuno intermitente. Lo que sí está medido apunta a una respuesta poco espectacular: el ayuno en días alternos no superó a la restricción calórica diaria ni en pérdida ni en mantenimiento a doce meses (Trepanowski et al., JAMA Intern Med 2017), y añadir una ventana de 8 horas a una restricción calórica no añadió pérdida significativa en un año (Liu et al., N Engl J Med 2022). Si el motor es el déficit y no el horario, el peso vuelve cuando vuelve el balance calórico de antes, igual que al dejar cualquier otra dieta.
Lo que suele suavizar la adaptación
Sin prometer que funcione en todos los casos: beber agua durante el ayuno, no retirar la sal a la vez que se empieza, mantener el café si ya se tomaba, empezar por ventanas cortas antes que por un 16/8 de golpe y cuidar la proteína y la fibra en la ventana. Está desarrollado en la primera semana de ayuno intermitente.
En resumen
Los efectos secundarios son reales y frecuentes al principio: hambre, dolor de cabeza, irritabilidad, sueño y digestión. La mayoría se explican por el cambio de horario, la retirada de cafeína y el ajuste de agua y sales, y van a menos con las semanas. Lo que importa vigilar es lo otro: mareo intenso, sudor frío, temblor, palpitaciones, cualquier señal que aparezca cuando la adaptación ya debería estar hecha, y todo lo que tenga que ver con la relación con la comida. Con una condición de base o medicación por medio, la decisión no debería tomarse en solitario: el mapa completo está en riesgos del ayuno intermitente, incluido el embarazo y la lactancia.
Carlos Esteban — Licenciado y Doctor en Bioquímica por la Universidad de Valencia, Graduado en Psicología (UNED). Más sobre el autor.