Hoy no se puede responder que sí en personas. Lo que hay son dos cosas que conviene no mezclar: resultados en animales de laboratorio, donde se mide cuánto vive cada grupo, y estudios humanos de semanas o pocos meses que miden marcadores intermedios —sensibilidad a la insulina, presión arterial, expresión de algunos genes—, no años de vida. Esa distancia es el tema de esta página.
Bajo la palabra longevidad caben además dos preguntas distintas. Vivir más años exige seguir a mucha gente durante décadas y contar muertes: en animales de vida corta ese experimento cabe en meses, y en humanos no hemos localizado ningún ensayo así sobre ayuno intermitente. Vivir más años sin enfermedad sí se va midiendo por partes —tensión, glucosa, sensibilidad a la insulina, composición corporal—, aunque eso sean factores de riesgo y no longevidad medida.
Indice
De dónde viene la idea, y hasta dónde llega el dato
La síntesis de referencia del campo es la revisión de de Cabo y Mattson, N Engl J Med 2019, que reúne los mecanismos propuestos —el cambio metabólico, la resistencia celular al estrés— y la evidencia clínica disponible. La propia revisión reconoce lo que suele perderse cuando el argumento llega a un titular: gran parte de la evidencia sobre longevidad es animal. Los mecanismos están descritos con detalle; los años de vida, medidos en otras especies.
Hay además un problema de escala temporal. En el trabajo sobre autofagia neuronal de Alirezaei et al., Autophagy 2010 los ratones ayunaron 24-48 horas, y la escala metabólica de un ratón no es la nuestra: 48 horas de ratón no equivalen a 48 horas de persona, algo que se pierde cuando un protocolo humano se calca de un experimento animal. Nada de esto hace irrelevantes los datos animales —son los que generaron las hipótesis que hoy se prueban en humanos—, solo marca hasta dónde permiten afirmar.
Lo que sí se ha medido en personas
El marco fisiológico está descrito: la revisión de Anton et al., Obesity 2018 sitúa el paso de usar glucosa a usar ácidos grasos y cetonas típicamente más allá de las 12 horas desde la última ingesta, con tiempos orientativos que dependen de la última comida y de la actividad.
De efectos medidos, el estudio más citado es el de Sutton et al., Cell Metab 2018: ocho hombres con prediabetes, diseño cruzado con la comida suministrada y las calorías igualadas, comiendo en una ventana de 6 horas con la cena antes de las 15:00. Mejoraron la sensibilidad a la insulina, la respuesta de las células beta, la presión arterial y el estrés oxidativo sin perder peso, lo que separa el efecto del horario del de adelgazar. Con ocho hombres y una ventana difícil de sostener, es una señal y no una conclusión de población, y no dice nada de un 16:8 con la ventana por la tarde.
En marcadores de envejecimiento, lo más cercano es el trabajo de Jamshed et al. (Nutrients 2019): once adultos con sobrepeso, cuatro días, comiendo de 8:00 a 14:00 frente a 8:00 a 20:00. Subió la expresión de SIRT1 y LC3A, asociados a envejecimiento y autofagia, y mejoró la glucosa de 24 horas; por la tarde subió también la de MTOR, la vía que suele presentarse como la contraria. Lo medido fue expresión génica en sangre durante cuatro días: un marcador indirecto, no la longevidad de nadie.
La autofagia, el argumento que más circula
Es el mecanismo que aparece en casi toda conversación sobre ayuno y envejecimiento, y donde la distancia entre modelo animal y persona es mayor. En ratones, el ayuno de 24-48 horas aumentó de forma marcada la autofagia en neuronas corticales y células de Purkinje (Alirezaei et al., 2010). En humanos no hay disponible una medición directa del flujo autofágico durante un ayuno intermitente: lo que hay son marcadores indirectos como el LC3A anterior. Por eso las cifras del tipo «a las X horas se activa la autofagia» no se apoyan en una medición humana. Lo desarrollamos en autofagia y ayuno.
Lo que suele quedar fuera de la conversación
Envejecer bien no es acumular mecanismos que suenan favorables. Algunos resultados apuntan en otra dirección:
- Masa magra. En el ensayo TREAT (Lowe et al., JAMA Intern Med 2020), con 116 adultos con sobrepeso y ventana de 12:00 a 20:00, no hubo diferencia de peso frente a comer tres veces al día, y en el subgrupo con DXA el índice de masa magra apendicular bajó más con la ventana. Es un desenlace secundario en 50 personas, pero perder masa magra es lo contrario de lo que interesa a largo plazo.
- Cambios que no sabemos leer. En Moro et al., J Transl Med 2016, 34 hombres entrenados con un 16:8 de ocho semanas y calorías igualadas perdieron grasa manteniendo masa magra y fuerza, pero también les bajó la T3 sin cambio del gasto en reposo. Ese descenso admite lecturas opuestas.
- Diferencias por sexo. En días alternos completos durante tres semanas, con 16 personas no obesas, la respuesta glucémica a una comida empeoró en las mujeres y no en los hombres (Heilbronn et al., Obes Res 2005). Estudio pequeño y de un protocolo exigente: señal de cautela, no veredicto.
Y un punto que ordena el panorama: con las calorías controladas en los dos grupos, añadir la ventana horaria no añadió pérdida de peso al año (Liu et al., N Engl J Med 2022). Buena parte de lo que se atribuye al ayuno viene del déficit que ayuda a conseguir, no del reloj.
Quién debería hablarlo antes con su médico
Aunque el motivo sea la longevidad, las precauciones son las de siempre. Con diabetes tipo 2 en tratamiento, ayunar dos días por semana duplicó la tasa de hipoglucemias incluso reduciendo la medicación de forma pautada (Corley et al., Diabet Med 2018): el ajuste médico va antes que el protocolo. En embarazo y lactancia no hay base para recomendar ayunar; la evidencia disponible procede sobre todo del Ramadán, que es otro patrón (Glazier et al., BMC Pregnancy Childbirth 2018). Con antecedentes de trastorno de la conducta alimentaria, el ayuno se ha asociado a más conductas de ese tipo en jóvenes, en estudios transversales que no establecen causalidad (Ganson et al., Eat Behav 2022). Y la serie de ayunos largos con menos de un 1 % de efectos adversos (Wilhelmi de Toledo et al., PLoS One 2019) se hizo en un programa clínico: la supervisión forma parte del resultado. Más detalle en riesgos del ayuno intermitente.
Qué significa esto si ayunas
Si el ayuno te encaja y lo sostienes, lo documentado en humanos son efectos metabólicos a corto y medio plazo: mejor control de glucosa e insulina en algunos diseños, y pérdida de grasa cuando hay déficit. Si el motivo es específicamente vivir más años, se trata de una apuesta por unos mecanismos plausibles, no por un resultado demostrado en personas. Puede acabar confirmándose, o puede resultar que el beneficio dependa de la ventana, del sexo o de la edad, variables hoy poco resueltas.
En resumen
El ayuno intermitente tiene detrás mecanismos bien descritos, una base experimental sólida en animales y, en humanos, mejoras de marcadores metabólicos en estudios pequeños y cortos. Lo que todavía no hay son datos de mortalidad o de esperanza de vida en personas: cualquier cifra de «años ganados» procede de un modelo animal o de un mecanismo extrapolado.
El resto de la sección desarrolla los mecanismos uno a uno: la ciencia del ayuno intermitente como índice, y dentro de ella la autofagia y la insulina y la glucosa, que es donde la evidencia humana es más firme.
Carlos Esteban — Licenciado y Doctor en Bioquímica por la Universidad de Valencia, Graduado en Psicología (UNED). Más sobre el autor.